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HISTORIA
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Cartagena, Colombia, 21 de agosto de 1989. Esta mañana, las autoridades policiacas colombianas desplegaron un operativo de allanamiento en un local de esta ciudad frecuentado por numerosos clientes que llegaban en auto y salían con misteriosas bolsas del lugar.
Las fuerzas del orden fuertemente armados irrumpieron en el lugar para lograr un decomiso de varias decenas de kilos de… masa para pan, chicharrón y comida costeña colombiana. |
Comienza la leyenda
Tras el desatino de los agentes, la voz popular se mofó de la anécdota llamándole al negocio “Narcobollo”, por lo cual, su propietario Raúl Eduardo Molina siguió con la ironía e inició los trámites para registrar formalmente su local con ese nombre, cosa que las autoridades de las cámara de comercio de Cartagena resistieron pero finalmente aceptaron.
El mote popular convertido en una marca local resultó un gran golpe mercadotécnico que atrajo a más clientes, así, las sucursales brotaron en Barranquilla, Bogotá y en abril de 2002 uno de los miembros de la familia abrió un local en la avenida 79 de Miami.
Desde ahí surte no sólo a la comunidad local, pues gracias al servicio de mensajería overnight que funciona en Estados Unidos, los colombianos radicados en Ohio, Nueva York o California disfrutan de los productos que, previo empaque al vacío, se envían desde Florida.
Arepas de huevo, arroz con camarones al estilo costeño, caldo de costilla o el famoso Ajiaco (una deliciosa sopa espesa), son platillos comunes en esta cadena familiar de restaurantes.
Se puede venir en pantalón corto y sandalias a cenar o a desayunar muy temprano –incluso en tiempos de carnaval puede uno venir a las seis de la mañana a curarse “el guayabo” que es como llaman los colombianos a la “cruda” o resaca.
El complemento son los jugos y aguas de corozo, patilla, chicha de maíz o una refrescante aguapanela.
Según Carlos Molina Joly, propietario del reconocido restaurante Narcobollo, la gastronomía del Atlántico es una de las más ricas y estables del país. “A pesar de los cambios generacionales, de las nuevas maquinarias y de la creación de nuevos productos, nuestra identidad gastronómica se mantiene intacta. Por el contrario, cada día coge más fuerza. Barranquillero y costeño que se respete se muere por una arepa dulce, una carimañola de queso o carne, un arroz apastelao o de liza”.
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